Susanne tiene 57 años y durante ocho años sufrió fuertes mareos, para los que, a pesar de numerosos exámenes, no se encontró ninguna causa. En su vida profesional como artista, que también exigía trabajo físico en escaleras altas, esto la limitaba cada vez más.
«Poco después de mis primeras sesiones en el rebounder noté que mi equilibrio había cambiado – podía girar y agacharme sin marearme», cuenta. «Sucedió muy rápido. Mi cuerpo notó: estoy haciendo algo distinto de lo habitual, estoy dejando mi terreno seguro». Pronto pudo volver a subir escaleras más altas, sin el miedo que durante tanto tiempo había marcado su día a día.
«Es poco esfuerzo para mucho efecto – eso es muy importante», dice Susanne. Hoy el rebounder forma parte fija de su rutina: «Cuando no puedo ir a una sesión, después noto lo que me ha faltado».